lunes, 1 de junio de 2020

Realidad analógica


En estos tiempos pandémicos y encerrados la única forma de comunicarse con el mundo es venerando a la bendita virtualidad. Y lo hacemos. Nos pasamos el día tecleando y absorbiendo rayos, produciendo como engranajes de la máquina de llegar a fin de mes, o tratando de vincularnos con nuestro entorno. Y así usamos las redes para saber cuánto tarda el presidente norteamericano en entrar en su bunker, o cómo andan nuestros seres queridos. A través de la luminosidad resplandeciente de nuestras pantallas realizamos aburridas labores o celebramos cumpleaños. Tratamos de explicar algún concepto abstracto o expresamos nuestros sentimientos más profundos. Nos sentimos acompañados aunque estemos encerrados en una vivienda vacía, o mentimos felicidad mostrando ese budín, o ese pan casero, que nos sirve como placebo que contrarresta la angustia ante ese futuro desconocido que se nos viene encima.

Pero eso nos pasa a nosotros que tenemos acceso a ese mundo virtual, que engullimos a nuestro antojo y nos bañamos a diario, que dormimos en una cama cómoda y caliente. Pero hay un mundo cercano a nosotros, en tiempo y en espacio, que su acceso a lo virtual está vedado. Por falta de dinero o de tecnología (que es lo mismo) la famosa brecha digital se agiganta más temprano que tarde y el mundo analógico, tan arcaico como denostado, vuelve a cobrar importancia ante este cosmos digital que no ha sabido adaptarse a estos cambios del presente.

Para poder enseñar y hacer trabajar a alumnos con escasos recursos, económicos e informáticos, un docente de una escuela primaria de Santa Fe decidió cambiar la lejana (para ellos) virtualidad por las viejas y queridas cartas en papel. Los destinatarios no serían otros que los médicos, y demás profesionales de la salud, del hospital Cullen de esa ciudad.

Niños que nunca se sentaron a escribirle a otra persona, que nunca esperaron en la puerta al cartero para recibir noticias de alguien muy querido, que no saben lo que es un buzón o una estampilla, se unieron a sus padres y le expresaron su gratitud, de puño y letra, a los otros protagonistas de esta época. En el medio un docente, haciendo malabares con la realidad, tratando de adaptarse a las inclemencias de esas vidas que la virtualidad aleja, intentando gratificar a los trabajadores de la salud, tan vapuleados y muchas veces ninguneados, buscando ideas nuevas en viejos recursos y adaptándolos, tratando de acompañar en la orfandad, intentando adaptar recursos didácticos que no están en los libros ni en los diseños curriculares, arremangándose para transformar en donde otros ya bajaron los brazos


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